Hay días que pasan desapercibidos. Días comunes, rutinarios, casi olvidables. Y luego están esos otros… los que llegan sin aviso y terminan marcando un antes y un después en nuestra vida.
No siempre vienen acompañados de grandes señales. A veces empiezan con una conversación simple, una decisión impulsiva, una despedida inesperada o incluso con el cansancio de seguir viviendo igual.
Ese día entendí que seguir postergando mis sueños también era una forma de renunciar a mí misma.
Recuerdo sentir miedo, incertidumbre y al mismo tiempo una extraña sensación de libertad. Como si, por primera vez en mucho tiempo, estuviera escuchando mi propia voz por encima del ruido de todo lo demás.
Cambiar duele. Soltar duele. Empezar de nuevo también. Pero hay momentos en los que permanecer en el mismo lugar duele aún más.
Y aunque no tenía todas las respuestas, decidí avanzar.
Porque aquel día no cambió solo mi rutina… cambió mi manera de verme, de valorar mi tiempo y de entender lo que realmente merezco.
Hoy miro hacia atrás y comprendo que muchas veces los finales no llegan para destruirnos, sino para obligarnos a construir algo mucho más auténtico.
Laura Aponte